Testimonios Vocacionales

Como San Mateo, Apóstol, cuya fiesta celebramos hoy el 21 de Septiembre, el fray Diego José trabajaba como Agente de Aduana (un puesto con "poca honestidad y transparencia") hasta que el Señor le llamó: "Ven y sígueme."

“La pasión por la evangelización me llevó a la vocación de Hermano Religioso.”

 

                                                                                                         - Fray Diego José, CFR

En el otoño del 2002 a la edad de 21 años, me encontré en una pequeña iglesia en la presencia de un obispo dirigiéndose a un grupo de alumnos universitarios.  El obispo dijo algo que me llamó la atención: “Jóvenes, levántense y tomen su puesto en la Iglesia.  Tienen una tarea grande y responsabilidad importante… La Iglesia los necesita.”

 

Las palabras del obispo me marcaron de una manera positiva; quería responder “¡Sí, lo haré!” pero no tenía la menor idea lo que significaba porque ni era católico practicante en aquel tiempo.  Pero como resultado, me ingresé en un estudio bíblico con un movimiento católico universitario.  A través de ello, se me presentó una persona que pensé ya había conocido – Jesús.  Tuve un encuentro personal con Él como si fuera con una persona viva y real.  Pues lo es y esto me transformó completamente y cambió la trayectoria de mi vida.  Pronto, me encontraba pasando mucho tiempo en la iglesia y menos tiempo en clase, en casa y con amigos.  (Pero no sufrieron mis notas ni mis relaciones familiares y amistades.  De hecho, ¡se me mejoraron!)

 

Al aprender cómo vivir como un discípulo cristiano en los años siguientes, se me formaron una identidad misionera y una pasión por la evangelización.  Quería llevar almas a Cristo por el resto de mi vida dondequiera me llevara alrededor del mundo.  Pensé que tal vez me llamaba Dios a ser sacerdote así como pensaron muchas personas que me conocían.  Después de orar, investigar, leer, asistir retiros vocacionales, dirección espiritual y conversaciones con sacerdotes, descubrí al final que no tuve una vocación sacerdotal porque nunca sentí ningún deseo o llamada a ejercitar los sacramentos.  Mientras tanto, me ofrecieron un buen empleo, como Agente de Aduana y Migración, que yo acepté con gusto.  También había conocido a una chica que pensé quizás llegaría al matrimonio.

 

Sin embargo, la pasión por la evangelización nunca se me desapareció.  De hecho, se me siguió creciendo.  Además, empecé a sentir el deseo por la oración contemplativa y la acción caritativa.  Entonces, me encontré en un dilema vocacional.  Aunque me gustaba el empleo y miraba al matrimonio como mi futuro, no tenía paz.  En una plática con un amigo, me preguntó si alguna vez había pensado ser un hermano religioso.  Esto me puso a vueltas por todos lados y pasaron días, semanas y meses de investigar la vida consagrada, leer la vida de San Francisco, llamadas telefónicas, correos, conversaciones y visitas.  Al final, quedé convencido que yo debería ser un fraile franciscano.

Se me realizó esa premonición cuando visité a los Frailes Franciscanos de la Renovación y experimenté la vida de oración contemplativa, fraternidad, obras caritativas y compromiso a la evangelización.  Me sentí en casa y encontré una paz profundísima.  Ya había hallado la vida a la cual Dios me llamaba y me decidí a entregar la vida como un fraile hermano religioso.  Me ingresé en la orden CFR en Septiembre 2011, profesé votos temporales en Julio 2013 y votos perpetuos en Agosto 2017.

Como fraile, he visto a mucha gente conocer a Cristo a través de la vocación de un religioso.  He tomado parte a acompañar a un hombre con VIH en una conversión de fe y en su entrada en la Iglesia Católica en Harlem, Nueva York.  He caminado con docenas de huéspedes en nuestro refugio para los sin techo en el Bronx.  He acompañado a alumnos a iniciar un movimiento universitario dotado a la evangelización en Honduras.  Y últimamente, en nuestra pastoral penitenciaria en Nicaragua, he visto a un preso convertirse en un discípulo misionero al asistir a un retiro que organicé.

Me he dado cuenta que mi identidad misionera y pasión por la evangelización se puede vivir plenamente y fructíferamente como un hermano religioso consagrado.  San Francisco recibió su llamada a ser un hermano cuando Dios le habló por medio de la Cruz de San Damiano con las palabras: “Francisco, Francisco, repara mi casa.”  Creo que así también me habló Dios con las mismas palabras pero por medio de un obispo.  San Francisco reparó la casa de Dios y compuso un nuevo camino para hacerlo sin ser monje o sacerdote.  Y ha llevado a muchos a la santidad y ha llevado a muchas almas a encontrar a Cristo.  Por la gracia de Dios, espero hacer lo mismo.  Sit amore dei.